Fiebre de guerra – de J. G. Ballard


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Las ideas se acumulan en las páginas de Fiebre de guerra, último libro de relatos de J. G. Ballard que quedaba por traducirse en España. Circunstancia nada extraña, la de este rebose intelectual por parte de un autor que siempre se ha dedicado a radiografiar el presente y el futuro del hombre moderno. La idea del mal menor, por elegir una, es explorada en varios cuentos.

J._G._Ballard

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El costo que todo gobernante con noción de Estado le hace pagar a su comunidad en coyunturas excepcionales inspira el que titula el libro. El escenario planteado resulta aterrador: El Líbano ha sido convertido en un laboratorio de guerra. Aislado del resto del mundo –donde hace tiempo que reina la paz–, la ONU alimenta alevosamente la contienda en dicho enclave para, al modo en que se trabaja con los virus biológicos, estudiar el fenómeno y evitar su propagación al resto del planeta. Lo terrible es que los combatientes que se destruyen mutuamente desde hace años ignoran esta realidad. Mientras dura su sacrificio, el resto del globo disfruta del bienestar. En otro cuento, “Amor en un clima más frío”, el Estado se ha constituido en el único gestor de la práctica del sexo, y la administra e impone de un modo reglado con el fin de aumentar la natalidad en un país asolado por el sida.

Es otro contexto, pero aquí el mal menor consiste en desnaturalizar el sexo, negándole todo papel en la activación de las relaciones sociales, así como su potencial como instrumento de placer y de conocimiento. Como se ve, los planteamientos ingeniosos le sirven a Ballard para activar el debate de ideas. De hecho, si leemos por debajo de las palabras, extraemos la conclusión de que la guerra es, para el autor inglés, la peor herramienta para promover el progreso pero también la aplicación material e hipersofisticada del viejo instinto de supervivencia comunitario. Respecto al sexo, resalta su condición de herramienta voluble que se emplea a voluntad para determinados fines. Total, que a través de unas pocas líneas de ficción especulativa, Ballard vuelve a comentar nuestro presente de un modo bastante pertinente.

No son éstas los únicos hallazgos del libro. Esparcidos por el volumen aparecen los temas que han constituido el universo temático del autor inglés –los accidentes, los complots políticos, la locura, la exploración del espacio, el carácter dañino de la tecnología…– conformando en cada caso un reto para la inteligencia. Ahora bien, si las ideas, fascinantes y estremecedoras, brillantes y visionarias, han servido de soporte fundamental a su obra, también es verdad que a la hora de ubicar a Ballard en un contexto crítico resulta forzoso hablar de trucos, de esquematismo narrativo y hasta de trampas literarias.

Sobra decir que en el subgénero de la ficción especulativa –esa que juega a plantear “qué pasaría si…”–, lo uno suele ir unido a lo otro más a menudo de lo que quisiéramos. Es frecuente que la simplificación excesiva de una idea genial desbarate un buen relato, también que si una idea se desarrolla con escaso tino narrativo, al lector más exigente se le deja preguntándose dónde quedó la excelencia literaria del texto. Lamentablemente, es el caso de “El parque temático más grande del mundo”, donde ocurre ese esquematismo narrativo aludido; aquí parece que un posicionamiento previo respecto a la idea que sirve de resorte narrativo –la unión política definitiva de la UE– arruina el desarrollo natural de un cuento que podría haber servido para polemizar sobre un tema que nos atañe directamente. Quizás para eludir este peligro, Ballard ensaya en otros relatos formas experimentales, más cercanas al arte conceptual que a la escritura. Es el caso de “Respuestas a un cuestionario” y “El índice”, audaces artefactos que modifican el modo tradicional de lectura, exigiendo menor recorrido horizontal por las líneas del libro y mayor colaboración a la imaginación del lector.

La cosa, sin embargo, no acaba aquí. En el libro hay un tercer bloque de relatos más convencionales desde el punto de vista formal, de los que “El desastre aéreo” y “El hombre que caminó sobre la Luna” son los mejores. Aquí las diatribas se plantean al modo tradicional, es decir, mediante personajes en conflicto y desarrollos clásicos. Paradójicamente, Ballard, al que ya hemos dicho que hay que considerar un profeta del desastre y un especulador ético del pensamiento antes que un estilista, obtiene dos piezas sobresalientes en su emotividad. En la primera critica el sensacionalismo del periodismo contemporáneo a través de un periodista sediento de sangre. Y en la segunda, la narración del declive de un impostor afianza una reflexión bastante aguda sobre la decadencia de algo tan contemporáneo como es la figura del astronauta.

Como no podía ser de otra manera, estos relatos –aunque editados originalmente en 1990– siguen instigando la materia gris que todo ser humano guarda bajo el cráneo.

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