El Corazón de Voltaire


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MANUEL GARCÍA VERDECIA . La tensión de la novela de López Nieves consigue alejar el sueño, nos hace diferir las comidas y maldecir a quien nos estorbe. Sencillamente hay que leerla en una tanda continua.

¿Qué pasaría si aquello que hemos tenido por sagrado, que hemos admirado y venerado resulta una falsificación? Los humanos necesitamos de objetos rituales que nos conectan con el pasado y nos confieren un sentido de pertenencia y una proyección hacia determinados ideales. Y si de pronto esas reliquias frente a las cuales nos detenemos a meditar en silencio, a las que llevamos nuestros hijos a admirar y contamos su historia y relevancia a extraños no son exactamente eso, sino una burda tergiversación. Necesitamos el piso sólido de la historia para poder tener certeza de lo que en realidad somos porque todo ha transcurrido con una lógica que nos redime. Precisamente es esta interrogante la que promueve las peripecias de la novela El corazón de Voltaire, del puertorriqueño Luis López Nieves.

Creo encontrar tres componentes seductores que distinguen la novela de López Nieves —sin embargo, por su historial creativo se advierte que constituyen parte medular de sus inquietudes creativas—. Uno es la imaginación. Evidentemente este autor lo provoca intervenir en el mundo con su capacidad imaginativa para lograr relatos de alto interés que, además, consigan llevarnos eficientemente a los elementos sobre los cuales quiere que discurramos. Siempre he pensado que la verdadera literatura es esa que explota la personal fantasía del autor para hacer más sistemático y evidente lo que no lo es tanto. Fuera muy burda la literatura, como ese albatros del poema, de torpes alas sobre la cubierta del buque, si se redujera a exponer el mundo circundante mediante la palabra. Ese objetivismo, esa inmediatez, esa cotidianidad fatigosa que nos han vendido diversos realismos denunciantes sólo han empobrecido el discurso y la visión de lo literario. Aquí el autor demuestra conocer que la literatura es obra, algo creado, si bien con sostén en lo objetivo, pero decididamente sintetizado y magnificado por la invención.

El-Corazon-de-Voltaire.-199x300El componente dos es la amenidad. Recordemos que esta palabra significa “grato, placentero, deleitable”. ¡Qué mejor destino podemos pedir para la literatura! Es absolutamente incierto que lo ameno sea superficial. Se puede tratar lo más complejo y grave del arduo rosario de vicisitudes humanas con una forma que sea seductora y paladeable. Cuando el escritor cuenta con verdadera sustancia que exponer y una competencia expresiva amplia y varia, consigue los modos para que lo dicho cumpla con lo atractivo. Un libro insípido y aburrido —y reitero que lo aburrido es lo que deja de ser interesante y no lo que es complejo— incumple con uno de los presupuestos del arte, que es su irradiación significativa hacia el receptor. Hay múltiples ejemplos de obras trascendentes que son deliciosas lecturas, desde las obras de Shakespeare y Cervantes, hasta los cuentos de Borges o el Paradiso de Lezama, colmado de guiños humorísticos y socarronerías. Creo entrañablemente que en gran mediada los escritores son responsables del alejamiento de una cuantiosa hueste de lectores. A veces se adoptan poses, más que estilo, para hacer pasar malabarismos, pomposidades, pedanterías, dislates y dislexias por ingenio cuando mayormente sólo encubren la carencia de sustancia o de cacumen genuinamente creador. Todo escritor auténtico es un comunicador y aún cuando se propone maneras irruptoras para hacer su obra mantiene los márgenes precisos para que la legibilidad se mantenga, pues sabe que la técnica es un medio para alcanzar una comunicación más integral y polisémica. La tensión de la novela de López Nieves consigue alejar el sueño, nos hace diferir las comidas y maldecir a quien nos estorbe. Sencillamente hay que leerla en una tanda continua.

El tercer componente es el desenfado al manejar lo histórico. Esto está muy vinculado con sus dispendios imaginativos. El novelista parece decirnos que si queremos leer historia y no cuento, pues busquemos otros mamotretos. Aquí no se trata de la historia como la explican los manuales sino como la ficción la dinamita y reorganiza para ofrecernos otros visos y perspectivas. Sin embargo, no deja de estar la historia, en sus tensiones, en las obsesiones e intereses de los hombres, en sus tendencias y contingencias, así como en determinados componentes reales de su entorno epocal. Sólo que el novelista reacomoda los contextos y propósitos para brindarnos las otras posibilidades de lo que fue. Aquí Voltaire no sólo hace lo que hizo sino que se excede, sobrevive doce años más, viaja por Rusia, Grecia, América, testimonia la Revolución Francesa que, de cierto modo había propiciado y lega su mirada al respecto.

Para componer su novela el autor hace suyo un medio muy actual, el mensaje de correo electrónico —comúnmente imeil, como hemos acriollado el sajón email—. Esto no es un mero ardid para aparentar modernidad. Es un recurso que le sirve en plenitud pues impone esa agilidad y sencillez que benefician la fluidez del texto. Esto no sólo aligera el ritmo sino que le impone ese matiz de urgencia e intimidad que nos acercan el asunto e infunde la dinámica de lectura al llevarnos de la mano sin que podamos detenernos.

Otro aspecto conseguido mediante el empleo del email es la generalización del narrador. No hay uno en el sentido clásico del empleo de este aspecto técnico. En todo caso es un narrador multitudinario pues las perspectivas van variando de mensajero a mensajero. Así que de una página a otra no sólo nos vamos adentrando en las ocurrencias del desarrollo del problema sino en las maneras de advertirlo y sentirlo los distintos protagonistas. Esto lógicamente está condicionado por sus distancias y compromisos respecto al asunto.

Por último, este recurso posibilita la asunción de tonos diversos para el discurso, según el motivo del mensaje. Así incluye en su discurrir desde lo íntimo hasta lo oficial. Así las notas entre Roland, el genetista, y sus amigos Jerome e Ysabeau tienen la franqueza y espontaneidad que no pueden tener los que se intercambian el Ministro de Cultura y el Director de Gabinete o éstos con los investigadores. Además, al ser el email una comunicación personal no atenida necesariamente a protocolos, permite ciertos cotilleos que adicionan episodios secundarios que enriquecen la trama. Así los conflictos matrimoniales entre la argentina Cecilia y el supuesto descendiente del pensador o las curiosas relaciones entre el científico Claude Durieu y el peluquero Frédéric Sarre. Esto confiere un tejido diverso al discurso que sostiene la intensidad y el nivel de interés.

EL-CORAZON-DE-VOLTAIRE1-202x300Y ¿de qué trata El corazón de Voltaire? Pues precisamente del órgano que animara al gran filósofo y novelista expuesto en la Biblioteca Nacional de Francia. Todo un símbolo para la cultura francesa. La novela parte de una situación problémica. En una cena conmemorativa por el 14 de julio, el presidente de Brasil pregunta a la embajadora francesa allí por el sitio de descanso eterno del eminente francés. Al esta responder con lo sabido, aquél entra en una reacción dubitativa pues ha leído que nunca se hallaron esos restos. Aquí comienzan los embrollos de la otra historia. De modo que el Presidente de Francia ordena a su Ministro de Cultura viabilizar una investigación para hallar los restos. Esto conducirá al genetista Roland Luziers a una pesquisa intercontinental, con allanamiento policial incluido, que arrojará unos resultados no sólo inusitados sino comprometedores pues alteran la historia conocida. En fin, que el corazón que por años todos han reverenciado no pertenece a Voltaire. De más está decir que el conjunto de incidentes y confusiones resultan no sólo ocurrentes sino muy atinadamente justificados y absolutamente verosímiles.

Es una novela sobre Voltaire. Aquí está el pensador que resumió la lógica más alta del iluminismo, un quebrantador de las estipulaciones de su entorno, un hombre sensual y protagonista de encendidos amoríos, un autor exitoso siempre de puntas con el poder civil y eclesial. Hay una desacralización del héroe pues, al final, éste decide buscarse un doble para escapar de las impertinencias que acarrea la fama y disfrutar golosamente de su tiempo íntimo para viajar y escribir, desentendido de todo. Esto, en su ocaso, lo empuja a acudir al único sitio donde nadie lo buscaría, una abadía para concluir en paz sus últimos días. Sin embargo, la novela sobrepasa lo atenido al personaje y se convierte en una mirada socarrona pero reveladora a diversos aspectos de la realidad humana como son las determinaciones del poder, el sentido de la historia, la estipulación de la verdad, las motivaciones humanas, etc.

La manera en que el novelista concibe el desenlace revierte el foco de interés y centra nuestra mirada en la actualidad, sobre todo con derivaciones de permanente utilidad. Confesar que el corazón exhibido no pertenece al filósofo y que su cuerpo fue enterrado nada más y nada menos que en un monasterio, echaría por tierra cuanto se admira de Voltaire pero daría también un vuelco a la historia admitida y al sistema simbólico establecido. De manera que se encuentra una solución complaciente para todos, a contrapelo de la verdad científica pero que devuelva la tranquilidad y el status quo. La concordia para los poderosos no es un estado bucólico sino el necesario clima para seguir dirimiendo los asuntos y disfrutando las potestades conseguidas. Esto implica que, por muy espinosas que sean las relaciones entre los grupos de poder, estos buscan de todas maneras concertar intereses y mantener la ilusión de equilibrio.

El-corazon-de-Voltaire.-uis-lopez-nieves-258x300El relato revela con luces y eficacia cómo operan los engranes del poder para solapar ciertas realidades y ofrecer un paisaje social idílico muy conveniente. Nos muestra que la razón de estado no corresponde a la razón natural. A fin de cuentas el axioma maquiavélico de que los fines justifican los medios sigue rigiendo los expedientes del poder. Las trapisondas políticas para sostener un determinado clima conducen indefectiblemente al encubrimiento y el embuste, sean los que sean los motivos que se adopten, lo cual implica la tesis de la mentira prudente y útil. En elemental lógica se colige que la información, la verdad pública, la historia, las modelan quienes detentan los sellos de mando.

Además de resultar, en primer lugar, una disquisición acerca de la identidad y el sentido de la intimidad en el individuo, representado en el personaje Voltaire, la novela se extiende hacia otras alternativas interesantes. Entre estas tenemos: verdad versus información mediática que generalmente no son coincidentes. Ciencia versus Poder, el cual controla, manipula e incluso determina los influjos de aquella, aunque a la larga ella venza a pesar del criminal y doloroso coste. Razón humana versus razón de estado o realidad versus historia, zonas donde imperan los intereses creados y las potestades que organizan y deciden sobre lo práctico vital. Otro elemento no menos interesante es el lugar que cumple la ficción en nuestras vidas, manifiesto en el doble que se agencia Voltaire o en los modos para acceder a determinados datos, así como en el recurso que emplea el estado para no variar el enfoque conocido sobre los restos del pensador. Es innegable que la ficción no es habilidad de determinados autores sino recurso de la necesidad humana de complementar para sus fines lo que no aporta la realidad objetiva.

Tal pluralidad de implicaciones es posible por la riqueza del relato en cuanto a motivaciones y episodios. Lo mejor de esta manera de concebir los estratos de implicación significativa es que, al no forzarnos el autor a una tesis explícita, sino sumergirnos en los vericuetos y matices de una suculenta historia, nos proporciona suficientes oportunidades para colegir varias tesis de beneficio humano, sin moralina. Esto enriquece la significación de la obra. Es el lector más que el autor quien perfila las tesis esenciales.

Una lectura como la de El corazón de Voltaire rinde varias ganancias. En primer lugar reconciliarnos con la literatura como ámbito de amenidad e incitación productiva. En segundo, empujarnos a buscar las obras del pensador galo para revisitarlas. En tercero, nos pica deseos de emular al novelista Luis López Nieves y asomarnos risueña, audazmente a la historia para exprimirla extrayéndole jugos impensados. Por último, nos alerta de que sólo una conciencia activa y despierta puede acceder a las zonas más próximas a la verdad, pues toda verdad ritualizada ya tiene algo de incierto cuando no de engaño. Saldo que, para unas horas de lectura, resulta decididamente estimulante.

MANUEL GARCÍA VERDECIA, Holguín, Cuba, profesor, escritor, editor y traductor poeta y ensayista, en 2007 obtuvo el Premio Julián del Casal de la UNEAC en poesía, autor de El día de la cruz, 2008

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